lunes, 2 de junio de 2014

LA HUELGA DE LOS POETAS

I
El Poeta levantábase tarde, en la tarde de domingo. El bello día de fiesta se iba ya, y apenas si algo de él quedaba en los tejados, como ese último fruto que no alcanza a cogerse. Y la hermana, sentada en medio de la estancia, harta de velar el sueño del Poeta trasnochador, sintiendo doloridos sus brazos de tenerlos ociosos, suspiraba:
—¡Otro día de sol y de fiesta que dejas perder, oh hermano! ¿Cómo prefieres las noches a los días? ¿Para eso faltaste hoy al periódico? ¿A qué horas viniste esta madrugada? Muy tarde sería, porque yo te sentí llegar después de cantar el gallo: todos los perros de los campos próximos habían dejado ya de ladrar y el tren de madrugada, había partido, silbando, como un aprendiz. Y entonces te sentí llegar, acompañado, sin duda, de tus discípulos. Hablabas con ellos en voz alta, y tu voz sonaba ronca de rocío; habrías recogido en las calles todo el relente de la mañana, como esas flores abandonadas en los balcones. ¿Por qué haces eso, hombre? Luego llegas a casa, transido de frío, y toses; y en tu garganta suenan silbidos semejantes a los de un tren que parte… ¡Cuándo dejarás esa poesía que te está matando!
Hablaba la hermana, sentada en el último rayo de sol que penetraba en la casa, y contemplaba al hermano, transida de piedad, como pesarosa de haber apurado ella sola todo el sol matinal que en las primeras horas llenaba la casa. ¡Pobre hermano, que nunca veía el sol, y que, por su amor a la poesía, vivía en la oscuridad nocturna y vagaba por los más tristes parajes! Veíalo cada día más pálido, no joven ya, pobre y con el porvenir tan cerrado ante él como esa tapia erizada de cristales de ciertos jardines, y volvíase huraña y sentía odio hacia aquella poesía, más fatal para él que una mujer ardiente. Y con un gesto triste y desalentado, se erguía para poner sobre la mesa el blanco mantel, semejante a un sudario, en cuya albura anticipábase la blancura mojada de la madrugada. Era ya casi de noche, y el Poeta, sentado a la mesa, pálido y fino como un nazareno, parecía ir a partir el último pan. La hermana seguía plañendo:
—¿No te corregirás, hombre? Pareces un niño y, sin embargo, ya no lo eres. Tienes canas; te he visto canas, mientras te peinabas esta tarde. Debes pensar ya en ti mismo. ¿Qué sacas de toda esa poesía? ¿De qué te sirve ese coro de discípulos? No puedes vivir de tu poesía; necesitas trabajar en otra cosa y arriesgas cada día el pan. Por las madrugadas, vuelves a casa como embriagado, peor que un hombre ebrio; vuelves desvaído de soñar, rendido y febril. Yo te oigo revolverte en la cama y buscar tu sueño perdido, mil veces, antes de encontrarlo. Y por las mañanas tengo compasión de ti, y no me atrevo a despertarte, y llegas tarde al periódico… Llegas tarde, y a veces no vas, como hoy. ¿Por qué, si luego desdeñas el domingo usurpado? Y un día te echarán; y entonces, ¿qué harás, pobre Poeta, que vives en las estrellas? ¿Qué harás, entonces?… Mas yo sí sé lo que harás, yo sé lo que ha de ser de ti y los ojos se me llenan de espanto…
Y la hermana miraba al Poeta con ojos de terror y de duelo, como si le viese ya del todo desamparado. Muchas veces el Poeta había escuchado aquellas lamentaciones. Pero en aquella tarde de domingo, triste de ver ponerse un sol no gozado en la tibieza de las mejillas, conmovíanle más que nunca las palabras fraternales. Y con las manos pálidas cruzadas sobre el mantel, escuchábala sobrecogido como a una sibila y pensaba, lleno de un sagrado espanto, hacia lo porvenir:
«¡Tiene razón! ¡Tiene razón! La poesía es más funesta que una mujer ardiente y que las embriagueces todas. Y los hombres que nos abstenemos del amor y de la embriaguez, deberíamos abstenernos también de la poesía. ¿No será acaso la poesía un lujo demasiado grande, al que no tendremos derecho los hombres pobres?» Y por primera vez vislumbraba que podía haber un veto que negase a un hombre pobre la poesía, de igual modo que le negaba las gemas y las cosas bellas y onerosas…, y hasta el humilde domingo… Y miraba a la hermana con triste simpatía…
* * *
Ya casi de noche, a esa hora en que cree verse ya a cada momento la primera estrella, como esa chispa insegura que sale de unos ojos cansados, el Poeta abandona la casa y se lanza a la calle, con la ilusión de gozar aún un poco del domingo, de poner sus pies sobre esa gran alfombra del domingo, en la que los artesanos han danzado todo el día largamente. Es su intención dirigirse hacia las afueras, hacia las rondas predilectas, donde aún podrá ver algún rostro sonrosado, alguna gran sonrisa que le confirme en su ilusión de haber visto el domingo. Atraviesa con paso ligero las calles suburbanas, esas calles en declive, desde cuyos altozanos se vislumbran las colinas evangélicas de los desmontes. Pero a poco se desanima: no, por mucho que avive el paso, no llegará esta tarde a hollar la última claridad del domingo. Por todas partes luces eléctricas prematuras acribillan el crepúsculo. El gran velario de la noche se ha corrido sobre la ciudad. La muchedumbre de los domingos retorna en los tranvías. El Poeta afloja su andar y adopta francamente ese aire suyo, reacio y lento, como pesaroso, con que pasa ante los relojes. Camina ya despacio, enarbolando su fina silueta romántica, seguido de su sombra, larga y lacia como un velo de viuda. Siente en las manos y en el cuerpo todo el frío de los trasnochadores que no entibian la carne en las piscinas de la mañana y se hunden en los fangales de la noche; siente en su cuerpo todavía el frío de la madrugada, ese frío que transe los miembros de los que oyen despiertos las campanas de los maitines. Siente un frío antiguo y pueril. Y se enternece al pensar en sí mismo. Y piensa:
«Ya no es joven; tiene canas. La hermana se lo ha dicho; pero él ya lo sabía, porque se las había visto al mirarse en los espejos alguna vez, con la esperanza de encontrar en ellos su antigua gracia juvenil. Tiene canas ya; terrible posesión. Sus pies le encaminan ya dulcemente hacia la planicie de los cuarenta años, y desciende sin ningún trofeo de las colinas de la juventud. No ha hecho nada, nada positivo que pueda servirle de una piedra para sentar en ella su cuerpo ya cansado. En el mundo sólo posee aquel collar de discípulos que cada noche le desgrana la frialdad matinal, ese mismo soplo helado que extingue las estrellas. En su casa no hay otro tesoro sino libros. Él sigue embriagándose de pensamientos exaltados y líricos, como cuando era un joven de veinte años. Y ahora, en el crepúsculo, al través de la ciudad, camina ignorado, sin que nada le distinga de los Hombres prosaicamente pobres. Sí, es peor que un hombre que se embriaga, peor que un hombre que se disipa en los brazos de las mujeres. Y el Poeta siente lástima y enojo de sí mismo. Es monstruoso, es monstruoso. Debe renunciar a la poesía, como renuncia al vino y a los amores venales. La poesía debe estarle vedada, de igual modo que se lo están, desde la infancia, todos los demás lujos. Y empieza a sentir hacia la poesía el mismo despecho que ya siente a la vista de las mujeres hermosas y venales.
Pero, de pronto, alguien le llama. Es un amigo, un compañero de letras. Es un hombre, menos joven que él, con mayor número de canosas gavillas; viste un gabán raído, lleva a la cabeza un sombrero abollado, que parece ese sombrero viejo con que juegan los niños. ¡Otro poeta oscuro y generoso, que vive en un arrabal y tiene una esposa triste y niños que envidiarán los juguetes de los demás niños! El Poeta repara ahora una vez más en el aspecto mixto de asceta y libertino que tiene su colega, que tendrá él, sin duda. Y siente una mezcla de piedad y de indignación a la vista del compañero oscuro. Éste le saluda con gran efusión y le felicita por sus últimos trabajos. El Poeta acoge sus elogios con reserva, como un bebedor escarmentado el primer vaso de vino que le brindan después de una gran embriaguez. El otro no advierte su frialdad y le habla de sus proyectos; está escribiendo una novela, que piensa ha de ser un gran éxito. Seguramente la crítica discutirá con calor las ideas atrevidas que en ella lanza, y también el estilo, tan moderno, tan personal, será muy discutido.
—Mejor —dice alborozado—; rabiarán los saurios. Pero los artistas puros me felicitarán.
Habla con tal entusiasmo, que parece un hombre ebrio.  
Y el Poeta ve tan claro en él la puerilidad del arte, que se indigna con aquel hombre canoso, que no se avergüenza de ir mal vestido, de mostrar aquella pobreza que ningún encanto juvenil dora ya. Y movido por la tremenda lucidez de aquella tarde de domingo, le dice con una voz áspera y dura, como si con ella acuchillase a su propia locura, reflejada en el otro.
—¡Pero, hombre, parece mentira que te hagas ilusiones con la edad que ya tienes y la experiencia que debías tener! ¿Por qué engañarse con palabras vanas, cuya falsedad tú mismo conoces? Demasiado sabes que tu libro no asombrará a nadie, que nadie hablará de él, ni más ni menos que no se habla de esa estrella perdida una noche de agosto. El mundo no se conmoverá por él. De sobra sabes que la literatura no interesa a nadie, sino a nosotros mismos, es decir, a unos cuantos. Cuando publiques tu libro, temblarán los divanes de algunos cafés: unos jóvenes cogerán tu libro y lo sopesarán en sus manos desdeñosas o reverentes. Y nada más. Y tú no habrás podido poner ni una sortija en las manos de tu esposa…
Habla con tal desencanto, que el amigo le mira con más pena que enojo. Y con una voz muy natural, sin acritud alguna, le dice:
—Sí, ya sé todo eso; pero ¿y qué? Ya sé que una obra de arte honesto no puede aspirar a la popularidad ni a los platillos colmados de los romances y los folletines. Pero eso, ¿qué importa? ¿No hemos renunciado tú y yo, desde el primer momento, al aplauso y óbolo del vulgo? ¿Por qué asombrarse ahora de ser pobres y oscuros? No tenemos la gran gloria popular, como las matronas rojas, ni el oro de los banqueros. Formamos un mundo singular y pequeño, es verdad. Pero, dime: ¿no ha de valer para nosotros, y no vale, en realidad, más que todo eso, el júbilo y el orgullo de que uno de los nuestros, es decir, uno que sabemos no pertenece al vulgo, nos elogie y felicite por una obra afortunada? Dime: ¿no se te saltan las lágrimas de alegría al oír que yo te felicito por un poema? Habla con tal dulzura, que el Poeta se siente avergonzado de su dureza, y su alma, un momento ruin, se encoge abochornada ante aquel idealismo. Verdaderamente aquel hombre habla un lenguaje de santidad. El Poeta le mira con fraternal ternura. Más pobre, más viejo que él, más cargado que un San Cristóbal con sus hijos. Y, sin embargo, he aquí que, repudiando todas las invitaciones de la tarde de domingo, camina por la ciudad como un hombre solo…
El Poeta siente que, de nuevo, la generosa locura del arte se apodera de él, y se siente dispuesto a dar otra vez por el arte su juventud, el porvenir perdido y el buen sueño de la madrugada.
—Tienes razón —le dice al amigo—; era una paradoja.
El otro apenas hace caso de su disculpa; tan innecesaria la halla. Y, cogiéndose de su brazo, le dice:
—Verás, voy a contarte el argumento de mi novela.
Y lo conduce a lo largo de las calles.
De nuevo otra vez la embriaguez generosa. La hermana habrá de aguardar largo tiempo la vuelta del hombre extraviado.
Rafael Cansinos