I
El
Poeta levantábase tarde, en la tarde de domingo. El bello día de fiesta se iba
ya, y apenas si algo de él quedaba en los tejados, como ese último fruto que no
alcanza a cogerse. Y la hermana, sentada en medio de la estancia, harta de
velar el sueño del Poeta trasnochador, sintiendo doloridos sus brazos de tenerlos
ociosos, suspiraba:
—¡Otro
día de sol y de fiesta que dejas perder, oh hermano! ¿Cómo prefieres las noches
a los días? ¿Para eso faltaste hoy al periódico? ¿A qué horas viniste esta
madrugada? Muy tarde sería, porque yo te sentí llegar después de cantar el
gallo: todos los perros de los campos próximos habían dejado ya de ladrar y el tren
de madrugada, había partido, silbando, como un aprendiz. Y entonces te sentí
llegar, acompañado, sin duda, de tus discípulos. Hablabas con ellos en voz
alta, y tu voz sonaba ronca de rocío; habrías recogido en las calles todo el
relente de la mañana, como esas flores abandonadas en los balcones. ¿Por qué
haces eso, hombre? Luego llegas a casa, transido de frío, y toses; y en tu
garganta suenan silbidos semejantes a los de un tren que parte… ¡Cuándo dejarás
esa poesía que te está matando!
Hablaba la hermana, sentada
en el último rayo de sol que penetraba en la casa, y contemplaba al hermano,
transida de piedad, como pesarosa de haber apurado ella sola todo el sol matinal
que en las primeras horas llenaba la casa. ¡Pobre hermano, que nunca veía el
sol, y que, por su amor a la poesía, vivía en la oscuridad nocturna y vagaba
por los más tristes parajes! Veíalo cada día más pálido, no joven ya, pobre y
con el porvenir tan cerrado ante él como esa tapia erizada de cristales de
ciertos jardines, y volvíase huraña y sentía odio hacia aquella poesía, más
fatal para él que una mujer ardiente. Y con un gesto triste y desalentado, se
erguía para poner sobre la mesa el blanco mantel, semejante a un sudario, en
cuya albura anticipábase la blancura mojada de la madrugada. Era ya casi de
noche, y el Poeta, sentado a la mesa, pálido y fino como un nazareno, parecía
ir a partir el último pan. La hermana seguía plañendo:
—¿No
te corregirás, hombre? Pareces un niño y, sin embargo, ya no lo eres. Tienes
canas; te he visto canas, mientras te peinabas esta tarde. Debes pensar ya en
ti mismo. ¿Qué sacas de toda esa poesía? ¿De qué te sirve ese coro de
discípulos? No puedes vivir de tu poesía; necesitas trabajar en otra cosa y arriesgas
cada día el pan. Por las madrugadas, vuelves a casa como embriagado, peor que un
hombre ebrio; vuelves desvaído de soñar, rendido y febril. Yo te oigo
revolverte en la cama y buscar tu sueño perdido, mil veces, antes de
encontrarlo. Y por las mañanas tengo compasión de ti, y no me atrevo a despertarte,
y llegas tarde al periódico… Llegas tarde, y a veces no vas, como hoy. ¿Por
qué, si luego desdeñas el domingo usurpado? Y un día te echarán; y entonces,
¿qué harás, pobre Poeta, que vives en las estrellas? ¿Qué harás, entonces?… Mas
yo sí sé lo que harás, yo sé lo que ha de ser de ti y los ojos se me llenan de
espanto…
Y la
hermana miraba al Poeta con ojos de terror y de duelo, como si le viese ya del
todo desamparado. Muchas veces el Poeta había escuchado aquellas lamentaciones.
Pero en aquella tarde de domingo, triste de ver ponerse un sol no gozado en la tibieza
de las mejillas, conmovíanle más que nunca las palabras fraternales. Y con las
manos pálidas cruzadas sobre el mantel, escuchábala sobrecogido como a una
sibila y pensaba, lleno de un sagrado espanto, hacia lo porvenir:
«¡Tiene
razón! ¡Tiene razón! La poesía es más funesta que una mujer ardiente y que las
embriagueces todas. Y los hombres que nos abstenemos del amor y de la
embriaguez, deberíamos abstenernos también de la poesía. ¿No será acaso la
poesía un lujo demasiado grande, al que no tendremos derecho los hombres
pobres?» Y por primera vez vislumbraba que podía haber un veto que negase a un
hombre pobre la poesía, de igual modo que le negaba las gemas y las cosas
bellas y onerosas…, y hasta el humilde domingo… Y miraba a la hermana con
triste simpatía…
* *
*
Ya
casi de noche, a esa hora en que cree verse ya a cada momento la primera
estrella, como esa chispa insegura que sale de unos ojos cansados, el Poeta
abandona la casa y se lanza a la calle, con la ilusión de gozar aún un poco del
domingo, de poner sus pies sobre esa gran alfombra del domingo, en la que los artesanos
han danzado todo el día largamente. Es su intención dirigirse hacia las
afueras, hacia las rondas predilectas, donde aún podrá ver algún rostro
sonrosado, alguna gran sonrisa que le confirme en su ilusión de haber visto el
domingo. Atraviesa con paso ligero las calles suburbanas, esas calles en
declive, desde cuyos altozanos se vislumbran las colinas evangélicas de los
desmontes. Pero a poco se desanima: no, por mucho que avive el paso, no llegará
esta tarde a hollar la última claridad del domingo. Por todas partes luces
eléctricas prematuras acribillan el crepúsculo. El gran velario de la noche se
ha corrido sobre la ciudad. La muchedumbre de los domingos retorna en los
tranvías. El Poeta afloja su andar y adopta francamente ese aire suyo, reacio y
lento, como pesaroso, con que pasa ante los relojes. Camina ya despacio,
enarbolando su fina silueta romántica, seguido de su sombra, larga y lacia como
un velo de viuda. Siente en las manos y en el cuerpo todo el frío de los trasnochadores
que no entibian la carne en las piscinas de la mañana y se hunden en los
fangales de la noche; siente en su cuerpo todavía el frío de la madrugada, ese
frío que transe los miembros de los que oyen despiertos las campanas de los maitines.
Siente un frío antiguo y pueril. Y se enternece al pensar en sí mismo. Y
piensa:
«Ya
no es joven; tiene canas. La hermana se lo ha dicho; pero él ya lo sabía,
porque se las había visto al mirarse en los espejos alguna vez, con la
esperanza de encontrar en ellos su antigua gracia juvenil. Tiene canas ya;
terrible posesión. Sus pies le encaminan ya dulcemente hacia la planicie de los
cuarenta años, y desciende sin ningún trofeo de las colinas de la juventud. No
ha hecho nada, nada positivo que pueda servirle de una piedra para sentar en
ella su cuerpo ya cansado. En el mundo sólo posee aquel collar de discípulos
que cada noche le desgrana la frialdad matinal, ese mismo soplo helado que extingue
las estrellas. En su casa no hay otro tesoro sino libros. Él sigue
embriagándose de pensamientos exaltados y líricos, como cuando era un joven de
veinte años. Y ahora, en el crepúsculo, al través de la ciudad, camina ignorado,
sin que nada le distinga de los Hombres prosaicamente pobres. Sí, es peor que
un hombre que se embriaga, peor que un hombre que se disipa en los brazos de
las mujeres. Y el Poeta siente lástima y enojo de sí mismo. Es monstruoso, es
monstruoso. Debe renunciar a la poesía, como renuncia al vino y a los amores
venales. La poesía debe estarle vedada, de igual modo que se lo están, desde la
infancia, todos los demás lujos. Y empieza a sentir hacia la poesía el mismo
despecho que ya siente a la vista de las mujeres hermosas y venales.
Pero,
de pronto, alguien le llama. Es un amigo, un compañero de letras. Es un hombre,
menos joven que él, con mayor número de canosas gavillas; viste un gabán raído,
lleva a la cabeza un sombrero abollado, que parece ese sombrero viejo con que
juegan los niños. ¡Otro poeta oscuro y generoso, que vive en un arrabal y tiene
una esposa triste y niños que envidiarán los juguetes de los demás niños! El
Poeta repara ahora una vez más en el aspecto mixto de asceta y libertino que
tiene su colega, que tendrá él, sin duda. Y siente una mezcla de piedad y de
indignación a la vista del compañero oscuro. Éste le saluda con gran efusión y
le felicita por sus últimos trabajos. El Poeta acoge sus elogios con reserva,
como un bebedor escarmentado el primer vaso de vino que le brindan después de
una gran embriaguez. El otro no advierte su frialdad y le habla de sus proyectos;
está escribiendo una novela, que piensa ha de ser un gran éxito. Seguramente la
crítica discutirá con calor las ideas atrevidas que en ella lanza, y también el
estilo, tan moderno, tan personal, será muy discutido.
—Mejor
—dice alborozado—; rabiarán los saurios. Pero los artistas puros me
felicitarán.
Habla con tal entusiasmo,
que parece un hombre ebrio.
Y el
Poeta ve tan claro en él la puerilidad del arte, que se indigna con aquel
hombre canoso, que no se avergüenza de ir mal vestido, de mostrar aquella
pobreza que ningún encanto juvenil dora ya. Y movido por la tremenda lucidez de
aquella tarde de domingo, le dice con una voz áspera y dura, como si con ella acuchillase
a su propia locura, reflejada en el otro.
—¡Pero,
hombre, parece mentira que te hagas ilusiones con la edad que ya tienes y la
experiencia que debías tener! ¿Por qué engañarse con palabras vanas, cuya
falsedad tú mismo conoces? Demasiado sabes que tu libro no asombrará a nadie,
que nadie hablará de él, ni más ni menos que no se habla de esa estrella
perdida una noche de agosto. El mundo no se conmoverá por él. De sobra sabes
que la literatura no interesa a nadie, sino a nosotros mismos, es decir, a unos
cuantos. Cuando publiques tu libro, temblarán los divanes de algunos cafés: unos
jóvenes cogerán tu libro y lo sopesarán en sus manos desdeñosas o reverentes. Y
nada más. Y tú no habrás podido poner ni una sortija en las manos de tu esposa…
Habla
con tal desencanto, que el amigo le mira con más pena que enojo. Y con una voz
muy natural, sin acritud alguna, le dice:
—Sí,
ya sé todo eso; pero ¿y qué? Ya sé que una obra de arte honesto no puede
aspirar a la popularidad ni a los platillos colmados de los romances y los
folletines. Pero eso, ¿qué importa? ¿No hemos renunciado tú y yo, desde el
primer momento, al aplauso y óbolo del vulgo? ¿Por qué asombrarse ahora de ser
pobres y oscuros? No tenemos la gran gloria popular, como las matronas rojas,
ni el oro de los banqueros. Formamos un mundo singular y pequeño, es verdad.
Pero, dime: ¿no ha de valer para nosotros, y no vale, en realidad, más que todo
eso, el júbilo y el orgullo de que uno de los nuestros, es decir, uno que sabemos
no pertenece al vulgo, nos elogie y felicite por una obra afortunada? Dime: ¿no
se te saltan las lágrimas de alegría al oír que yo te felicito por un poema? Habla
con tal dulzura, que el Poeta se siente avergonzado de su dureza, y su alma, un
momento ruin, se encoge abochornada ante aquel idealismo. Verdaderamente aquel
hombre habla un lenguaje de santidad. El Poeta le mira con fraternal ternura.
Más pobre, más viejo que él, más cargado que un San Cristóbal con sus hijos. Y,
sin embargo, he aquí que, repudiando todas las invitaciones de la tarde de domingo,
camina por la ciudad como un hombre solo…
El
Poeta siente que, de nuevo, la generosa locura del arte se apodera de él, y se
siente dispuesto a dar otra vez por el arte su juventud, el porvenir perdido y
el buen sueño de la madrugada.
—Tienes
razón —le dice al amigo—; era una paradoja.
El otro apenas hace caso de
su disculpa; tan innecesaria la halla. Y, cogiéndose de su brazo, le dice:
—Verás,
voy a contarte el argumento de mi novela.
Y lo conduce a lo largo de
las calles.
De nuevo otra vez la
embriaguez generosa. La hermana habrá de aguardar largo tiempo la vuelta del
hombre extraviado.
Rafael Cansinos