lunes, 2 de junio de 2014

LA HUELGA DE LOS POETAS

I
El Poeta levantábase tarde, en la tarde de domingo. El bello día de fiesta se iba ya, y apenas si algo de él quedaba en los tejados, como ese último fruto que no alcanza a cogerse. Y la hermana, sentada en medio de la estancia, harta de velar el sueño del Poeta trasnochador, sintiendo doloridos sus brazos de tenerlos ociosos, suspiraba:
—¡Otro día de sol y de fiesta que dejas perder, oh hermano! ¿Cómo prefieres las noches a los días? ¿Para eso faltaste hoy al periódico? ¿A qué horas viniste esta madrugada? Muy tarde sería, porque yo te sentí llegar después de cantar el gallo: todos los perros de los campos próximos habían dejado ya de ladrar y el tren de madrugada, había partido, silbando, como un aprendiz. Y entonces te sentí llegar, acompañado, sin duda, de tus discípulos. Hablabas con ellos en voz alta, y tu voz sonaba ronca de rocío; habrías recogido en las calles todo el relente de la mañana, como esas flores abandonadas en los balcones. ¿Por qué haces eso, hombre? Luego llegas a casa, transido de frío, y toses; y en tu garganta suenan silbidos semejantes a los de un tren que parte… ¡Cuándo dejarás esa poesía que te está matando!
Hablaba la hermana, sentada en el último rayo de sol que penetraba en la casa, y contemplaba al hermano, transida de piedad, como pesarosa de haber apurado ella sola todo el sol matinal que en las primeras horas llenaba la casa. ¡Pobre hermano, que nunca veía el sol, y que, por su amor a la poesía, vivía en la oscuridad nocturna y vagaba por los más tristes parajes! Veíalo cada día más pálido, no joven ya, pobre y con el porvenir tan cerrado ante él como esa tapia erizada de cristales de ciertos jardines, y volvíase huraña y sentía odio hacia aquella poesía, más fatal para él que una mujer ardiente. Y con un gesto triste y desalentado, se erguía para poner sobre la mesa el blanco mantel, semejante a un sudario, en cuya albura anticipábase la blancura mojada de la madrugada. Era ya casi de noche, y el Poeta, sentado a la mesa, pálido y fino como un nazareno, parecía ir a partir el último pan. La hermana seguía plañendo:
—¿No te corregirás, hombre? Pareces un niño y, sin embargo, ya no lo eres. Tienes canas; te he visto canas, mientras te peinabas esta tarde. Debes pensar ya en ti mismo. ¿Qué sacas de toda esa poesía? ¿De qué te sirve ese coro de discípulos? No puedes vivir de tu poesía; necesitas trabajar en otra cosa y arriesgas cada día el pan. Por las madrugadas, vuelves a casa como embriagado, peor que un hombre ebrio; vuelves desvaído de soñar, rendido y febril. Yo te oigo revolverte en la cama y buscar tu sueño perdido, mil veces, antes de encontrarlo. Y por las mañanas tengo compasión de ti, y no me atrevo a despertarte, y llegas tarde al periódico… Llegas tarde, y a veces no vas, como hoy. ¿Por qué, si luego desdeñas el domingo usurpado? Y un día te echarán; y entonces, ¿qué harás, pobre Poeta, que vives en las estrellas? ¿Qué harás, entonces?… Mas yo sí sé lo que harás, yo sé lo que ha de ser de ti y los ojos se me llenan de espanto…
Y la hermana miraba al Poeta con ojos de terror y de duelo, como si le viese ya del todo desamparado. Muchas veces el Poeta había escuchado aquellas lamentaciones. Pero en aquella tarde de domingo, triste de ver ponerse un sol no gozado en la tibieza de las mejillas, conmovíanle más que nunca las palabras fraternales. Y con las manos pálidas cruzadas sobre el mantel, escuchábala sobrecogido como a una sibila y pensaba, lleno de un sagrado espanto, hacia lo porvenir:
«¡Tiene razón! ¡Tiene razón! La poesía es más funesta que una mujer ardiente y que las embriagueces todas. Y los hombres que nos abstenemos del amor y de la embriaguez, deberíamos abstenernos también de la poesía. ¿No será acaso la poesía un lujo demasiado grande, al que no tendremos derecho los hombres pobres?» Y por primera vez vislumbraba que podía haber un veto que negase a un hombre pobre la poesía, de igual modo que le negaba las gemas y las cosas bellas y onerosas…, y hasta el humilde domingo… Y miraba a la hermana con triste simpatía…
* * *
Ya casi de noche, a esa hora en que cree verse ya a cada momento la primera estrella, como esa chispa insegura que sale de unos ojos cansados, el Poeta abandona la casa y se lanza a la calle, con la ilusión de gozar aún un poco del domingo, de poner sus pies sobre esa gran alfombra del domingo, en la que los artesanos han danzado todo el día largamente. Es su intención dirigirse hacia las afueras, hacia las rondas predilectas, donde aún podrá ver algún rostro sonrosado, alguna gran sonrisa que le confirme en su ilusión de haber visto el domingo. Atraviesa con paso ligero las calles suburbanas, esas calles en declive, desde cuyos altozanos se vislumbran las colinas evangélicas de los desmontes. Pero a poco se desanima: no, por mucho que avive el paso, no llegará esta tarde a hollar la última claridad del domingo. Por todas partes luces eléctricas prematuras acribillan el crepúsculo. El gran velario de la noche se ha corrido sobre la ciudad. La muchedumbre de los domingos retorna en los tranvías. El Poeta afloja su andar y adopta francamente ese aire suyo, reacio y lento, como pesaroso, con que pasa ante los relojes. Camina ya despacio, enarbolando su fina silueta romántica, seguido de su sombra, larga y lacia como un velo de viuda. Siente en las manos y en el cuerpo todo el frío de los trasnochadores que no entibian la carne en las piscinas de la mañana y se hunden en los fangales de la noche; siente en su cuerpo todavía el frío de la madrugada, ese frío que transe los miembros de los que oyen despiertos las campanas de los maitines. Siente un frío antiguo y pueril. Y se enternece al pensar en sí mismo. Y piensa:
«Ya no es joven; tiene canas. La hermana se lo ha dicho; pero él ya lo sabía, porque se las había visto al mirarse en los espejos alguna vez, con la esperanza de encontrar en ellos su antigua gracia juvenil. Tiene canas ya; terrible posesión. Sus pies le encaminan ya dulcemente hacia la planicie de los cuarenta años, y desciende sin ningún trofeo de las colinas de la juventud. No ha hecho nada, nada positivo que pueda servirle de una piedra para sentar en ella su cuerpo ya cansado. En el mundo sólo posee aquel collar de discípulos que cada noche le desgrana la frialdad matinal, ese mismo soplo helado que extingue las estrellas. En su casa no hay otro tesoro sino libros. Él sigue embriagándose de pensamientos exaltados y líricos, como cuando era un joven de veinte años. Y ahora, en el crepúsculo, al través de la ciudad, camina ignorado, sin que nada le distinga de los Hombres prosaicamente pobres. Sí, es peor que un hombre que se embriaga, peor que un hombre que se disipa en los brazos de las mujeres. Y el Poeta siente lástima y enojo de sí mismo. Es monstruoso, es monstruoso. Debe renunciar a la poesía, como renuncia al vino y a los amores venales. La poesía debe estarle vedada, de igual modo que se lo están, desde la infancia, todos los demás lujos. Y empieza a sentir hacia la poesía el mismo despecho que ya siente a la vista de las mujeres hermosas y venales.
Pero, de pronto, alguien le llama. Es un amigo, un compañero de letras. Es un hombre, menos joven que él, con mayor número de canosas gavillas; viste un gabán raído, lleva a la cabeza un sombrero abollado, que parece ese sombrero viejo con que juegan los niños. ¡Otro poeta oscuro y generoso, que vive en un arrabal y tiene una esposa triste y niños que envidiarán los juguetes de los demás niños! El Poeta repara ahora una vez más en el aspecto mixto de asceta y libertino que tiene su colega, que tendrá él, sin duda. Y siente una mezcla de piedad y de indignación a la vista del compañero oscuro. Éste le saluda con gran efusión y le felicita por sus últimos trabajos. El Poeta acoge sus elogios con reserva, como un bebedor escarmentado el primer vaso de vino que le brindan después de una gran embriaguez. El otro no advierte su frialdad y le habla de sus proyectos; está escribiendo una novela, que piensa ha de ser un gran éxito. Seguramente la crítica discutirá con calor las ideas atrevidas que en ella lanza, y también el estilo, tan moderno, tan personal, será muy discutido.
—Mejor —dice alborozado—; rabiarán los saurios. Pero los artistas puros me felicitarán.
Habla con tal entusiasmo, que parece un hombre ebrio.  
Y el Poeta ve tan claro en él la puerilidad del arte, que se indigna con aquel hombre canoso, que no se avergüenza de ir mal vestido, de mostrar aquella pobreza que ningún encanto juvenil dora ya. Y movido por la tremenda lucidez de aquella tarde de domingo, le dice con una voz áspera y dura, como si con ella acuchillase a su propia locura, reflejada en el otro.
—¡Pero, hombre, parece mentira que te hagas ilusiones con la edad que ya tienes y la experiencia que debías tener! ¿Por qué engañarse con palabras vanas, cuya falsedad tú mismo conoces? Demasiado sabes que tu libro no asombrará a nadie, que nadie hablará de él, ni más ni menos que no se habla de esa estrella perdida una noche de agosto. El mundo no se conmoverá por él. De sobra sabes que la literatura no interesa a nadie, sino a nosotros mismos, es decir, a unos cuantos. Cuando publiques tu libro, temblarán los divanes de algunos cafés: unos jóvenes cogerán tu libro y lo sopesarán en sus manos desdeñosas o reverentes. Y nada más. Y tú no habrás podido poner ni una sortija en las manos de tu esposa…
Habla con tal desencanto, que el amigo le mira con más pena que enojo. Y con una voz muy natural, sin acritud alguna, le dice:
—Sí, ya sé todo eso; pero ¿y qué? Ya sé que una obra de arte honesto no puede aspirar a la popularidad ni a los platillos colmados de los romances y los folletines. Pero eso, ¿qué importa? ¿No hemos renunciado tú y yo, desde el primer momento, al aplauso y óbolo del vulgo? ¿Por qué asombrarse ahora de ser pobres y oscuros? No tenemos la gran gloria popular, como las matronas rojas, ni el oro de los banqueros. Formamos un mundo singular y pequeño, es verdad. Pero, dime: ¿no ha de valer para nosotros, y no vale, en realidad, más que todo eso, el júbilo y el orgullo de que uno de los nuestros, es decir, uno que sabemos no pertenece al vulgo, nos elogie y felicite por una obra afortunada? Dime: ¿no se te saltan las lágrimas de alegría al oír que yo te felicito por un poema? Habla con tal dulzura, que el Poeta se siente avergonzado de su dureza, y su alma, un momento ruin, se encoge abochornada ante aquel idealismo. Verdaderamente aquel hombre habla un lenguaje de santidad. El Poeta le mira con fraternal ternura. Más pobre, más viejo que él, más cargado que un San Cristóbal con sus hijos. Y, sin embargo, he aquí que, repudiando todas las invitaciones de la tarde de domingo, camina por la ciudad como un hombre solo…
El Poeta siente que, de nuevo, la generosa locura del arte se apodera de él, y se siente dispuesto a dar otra vez por el arte su juventud, el porvenir perdido y el buen sueño de la madrugada.
—Tienes razón —le dice al amigo—; era una paradoja.
El otro apenas hace caso de su disculpa; tan innecesaria la halla. Y, cogiéndose de su brazo, le dice:
—Verás, voy a contarte el argumento de mi novela.
Y lo conduce a lo largo de las calles.
De nuevo otra vez la embriaguez generosa. La hermana habrá de aguardar largo tiempo la vuelta del hombre extraviado.
Rafael Cansinos

viernes, 30 de mayo de 2014

El pavo de Navidad

Nuestra primera Navidad en familia, después de la muerte de papá ocurrida cinco meses antes, fue de consecuencias decisivas para la felicidad familiar. Nosotros siempre fuimos una familia feliz, en ese sentido bien amplio de felicidad: gente honesta, sin crímenes, hogar sin peleas internas ni graves dificultades económicas. Pero, debido en parte a la naturaleza gris de mi padre, ser desprovisto de todo tipo de lirismo, instalado en la mediocridad, siempre nos había faltado ese disfrute de la vida, ese gusto por las felicidades materiales: un buen vino, un balneario, el refrigerador, cosas así. Mi padre había sido un gran equivocado, casi dramático, el pura—sangre de los esfuma—placeres.
Mi padre murió, lo sentimos mucho, etc. Cuando ya nos acercábamos a la Navidad, yo no sabía qué hacer para poner distancia con esa memoria del muerto que obstruía, que parecía haber sistematizado para siempre la obligación de un recuerdo doloroso en cada comida, en cada mínimo gesto de la familia. Una vez sugerí a mamá que fuera al cine a ver una película. ¡Se puso a llorar! ¡Dónde se vio ir al cine estando de luto riguroso! El dolor ya se cultivaba por las apariencias, y yo, que siempre había querido bien a papá, más por instinto filial que por espontaneidad del amor, me veía a punto de detestar al bueno del muerto.
Fue sin lugar a dudas por eso que me nació, en este caso sí, espontáneamente, la idea de hacer una de mis llamadas "locuras". Esa había sido, en realidad, y desde muy niño, mi excelente conquista contra el clima familiar. Desde muy temprano, desde los tiempos de la secundaria, en que me las arreglaba para sacar regularmente un reprobado todos los años, desde el beso a escondidas a una prima, cuando tenía diez años, descubierto por la tía Velha, una tía detestable; y principalmente desde las lecciones que di o recibí, no sé, de una criada, conseguí, en el reformatorio del hogar y con la vasta parentela, la fama conciliadora de "loco". "¡Está loco, el pobre!" decían. Mis padres hablaban con cierta tristeza condescendiente, el resto de la parentela me buscaba como ejemplo para sus hijos y probablemente con aquel placer de los que se convencen de alguna superioridad. No tenían locos entre sus hijos. Pues esa fama es la que me salvó. Hice todo lo que la vida me presentó y que mi ser exigía que se realizara con integridad. Y me dejaron hacer de todo, porque era loco, pobrecito. El resultado de todo esto fue una existencia sin complejos, de la cual no tengo nada de qué quejarme.
Siempre teníamos la costumbre, en la familia, de realizar la cena de Navidad. Cena insignificante, ya puede usted imaginarse; cena tipo mi padre: castañas, higos, pasas después de la Misa de Gallo. Empachados de almendras y nueces (si habremos discutimos los tres hermanos por el cascanueces...), empachados de castañas, nos abrazábamos e íbamos a la cama. Fue al recordar esto que arremetí con una de mis "locuras".
—Bueno, para Navidad, quiero comer pavo.
Hubo una de esas sorpresas que nadie se imagina. Luego, mi tía solterona y santa, que vivía con nosotros, advirtió que no podíamos invitar a nadie debido al luto.
—¿Pero quién habló de invitar a alguien? Esa manía... ¿Cuándo comimos pavo en nuestra vida? Pavo aquí en casa es plato de fiesta, viene toda esa parentela del demonio...
—Hijo mío, no hables así...
—Pues hablo y ya.
Y descargué mi helada indiferencia sobre nuestra parentela infinita, dizque descendiente de bandeirantes, que poco me importa. Era el momento para desarrollar mi teoría de loco, pobrecito, y no perdí la ocasión. De sopetón me dio una ternura inmensa por mamá y tiita, mis dos madres, tres con mi hermana, las tres madres que divinizaron mi vida. Siempre era lo mismo: venía el cumpleaños de alguien y sólo así se hacía pavo en la casa. Pavo era plato de fiesta: una inmundicie de parientes ya preparados por la tradición, invadían la casa por el pavo, las empanaditas y los dulces. Mis tres madres, tres días antes, lo único que sabían de la vida era trabajar preparando carnes frías y dulces finísimos, pues estaban muy bien hechos. La parentela devoraba todo y todavía se llevaba paquetitos para los que no habían podido venir. Mis tres madres quedaban exhaustas. Del pavo, sólo en el entierro de los huesos, al día siguiente, mamá y tiita probaban un pedacito de pierna, oscuro, perdido en el arroz blanco. Y eso que era mamá quien servía, elegía para el viejo y para los hijos. En realidad, nadie sabía concretamente qué era un pavo en nuestra casa, pavo restos de fiesta.
No, no se invitaba a nadie, era un pavo para nosotros cinco, cinco personas. Y tenía que ser con dos farofas, la gorda con los menudos y la seca, doradita, con bastante mantequilla. Quería el buche rellenado sólo con farofa gorda, a la que teníamos que agregar fruta negra, nueces y una copa de Jerez, como había aprendido en casa de la Rosa, mi querida compañera. Está claro que omití decir dónde había aprendido la receta y todos desconfiaron. Y todos se quedaron en ese aire de incienso soplado...¿no sería tentación del Diablo aprovechar una receta tan sabrosa? Y cerveza bien helada, garantizaba yo casi a los gritos. Lo cierto es que con mis "gustos" ya bastante refinados fuera del hogar, primero pensé en un buen vino bien francés. Pero la ternura por mamá venció al loco, a mamá le encantaba la cerveza.
Cuando acabé mis proyectos, me di cuenta, todos estaban felicísimos, con un inmenso deseo de hacer aquella locura con la que había irrumpido. Sabían muy bien que era locura, sí, pero todos se imaginaban que yo era el único que deseaba mucho aquello y era fácil echar encima mío la culpa de sus deseos enormes. Se sonreían, mirándose unos a otros, tímidos como palomas desgarradas, hasta que mi hermana asumió el consentimiento general:
—¡Aunque esté loco!...
Se compró el pavo, se hizo el pavo, etc. Y después de una Misa de Gallo muy mal rezada, tuvimos nuestra Navidad más maravillosa. ¡Qué chistoso! Cuando me acordaba que finalmente iba a lograr que mamá comiera pavo, en esos días no hacía otra cosa que pensar en ella, sentir ternura por ella, amar a mi viejita adorada. Y mis hermanos también, estaban en el mismo ritmo violento de amor, todos dominados por la nueva felicidad que el pavo iba imprimiendo en la familia. De modo que, aún disfrazando las cosas, dejé con tranquilidad que mamá cortara toda la pechuga del pavo. En un momento mamá se detuvo, luego de haber cortado en rebanadas uno de los lados del ave, sin resistirse a aquellas leyes de economía que siempre la habían sumido en una casi pobreza sin razón.
—No señora, siga cortando... y pedazos grandes ¡Yo solo me como eso!
Era mentira, el amor familiar, estaba incandescente en mí de tal forma, que hasta era capaz de comer poco, sólo para que los otros cuatro comieran mucho. Y el diapasón de los otros era el mismo. Aquel pavo comido entre nosotros solos redescubría en cada uno lo que la cotidianeidad había borrado por completo: amor, pasión de madre, pasión de hijos. Dios me perdone pero estoy pensando en Jesús. En esa casa de burgueses muy modestos, se estaba realizando un milagro digno de la Navidad de un Dios. La pechuga del pavo quedó enteramente reducida a rebanadas grandes.
—¡Yo sirvo!
—¡Qué loco! ¡Pero por qué tenía que servir si siempre mamá había servido en esa casa! Entre risas, los grandes platos llenos fueron pasando hasta mí y empecé una distribución heroica, mientras mandaba a mi hermano a que sirviera la cerveza. Advertí un pedazo admirable de pavo lleno de carnecita y lo puse en el plato. Y luego varias rebanadas blancas. La voz severa de mamá cortó el espacio angustiado en el cual todos aspiraban a su parte del pavo:
—¡Acuérdate de tus hermanos, Juca!

¿Cuándo iba a imaginarse ella?, ¡la pobre!, que ese era el plato suyo, de la Madre, de mi amiga maltratada que sabía de la existencia de Rosa, que sabía de mis crímenes, a quien sólo le contaba lo que hacía sufrir!... El plato quedó sublime.
—Mamá, este es su plato. ¡No!... ¡No lo pase!
Fue entonces cuando ella no pudo más con tanta conmoción y se puso a llorar. Mi tía también, después de ver que el siguiente plato sublime era el suyo, entró en el asunto de las lágrimas. Y mi hermana también, que jamás había visto lágrimas sin abrir una llave, se desparramó en llanto. Entonces empecé a decir muchas tonterías para no llorar también, tenía diecinueve años... Diablo de familia tonta que veía un pavo y lloraba... Esas cosas... Todos se esforzaban por sonreír, pero ahora la alegría se tornaba imposible. El llanto había evocado, por asociación, la imagen indeseable de mi padre muerto. Mi padre, con su figura gris, vino a estropear para siempre nuestra Navidad. ¡Me dio coraje!
Bueno, empezamos a comer en silencio, consternados, y el pavo estaba perfecto. La carne tierna, de un tejido muy tenue, se mezclaba entre los sabores de las farofas y del jamón, de vez en cuando herida, molestada y vuelta a desear ante la intervención más violenta de la pasa negra y el estorbo petulante de los pedacitos de nuez. Pero papá estaba sentado allí, gigantesco, incompleto, una censura, una llaga, una incapacidad. Y el pavo estaba tan rico, y mamá que por fin sabía que el pavo era un manjar digno de Jesusito nacido.
Empezó una lucha baja entre el pavo y el bulto de papá. Supuse que alentar al pavo era fortalecerlo en la lucha y, está claro, había tomado decididamente el partido del pavo. Pero los difuntos tienen medios escurridizos, muy hipócritas, como para vencerlos. En cuanto alabé al pavo, la imagen de papá creció victoriosa, insoportablemente obstruyente.
—Sólo falta su papá.
Yo ni comía, ya no podía probar más ese pavo perfecto, tanto me interesaba esa lucha entre los dos muertos. Llegué a odiar a papá. Y ni sé qué inspiración genial de repente me volvió hipócrita y político. En aquel instante que hoy me parece decisivo en nuestra familia, tomé aparentemente el partido de mi padre. Fingí, triste.
—Y sí. Papá nos quería mucho y murió de tanto trabajar para nosotros, papá allí en el cielo debe estar contento —dudé, pero resolví no mencionar más al pavo—, contento de vernos a todos reunidos en familia.
Y todos, mucho más tranquilos, empezaron a hablar de papá. Su imagen fue disminuyendo y se transformó en una estrellita brillante en el cielo. Ahora todos comían el pavo con sensualidad, porque papá había sido muy bueno, siempre se había sacrificado tanto por nosotros, había sido un santo que "ustedes, mis hijos, nunca podrán pagar lo que deben a su padre", un santo. Papá se transformó en santo, una contemplación agradable, una estrellita en el cielo, imposible de deshacer. No perjudicaba más a nadie, puro objeto de contemplación suave. El único muerto aquí era el pavo, dominador, completamente victorioso.
Mamá, tía, nosotros, todos inundados de felicidad. Iba a escribir "felicidad gustativa", pero no era sólo eso. Era un felicidad mayúscula, un amor de todos, un olvido de otros parientes que distraen del gran amor familiar. Y fue, sé que ese primer pavo comido en el seno de la familia fue el comienzo de un amor nuevo, reacomodado, más completo, más rico e inventivo, más complaciente y cuidadoso. Nació entonces una felicidad familiar para nosotros que, no soy exclusivista, algunos tendrán igual de grande, sin embargo más intensa que la nuestra, me es imposible concebir.
Mamá comió tanto pavo que en un momento imaginé que podría hacerle mal. Pero enseguida pensé: ¡Ah!, ¡no importa! aunque se muera, pero por lo menos que una vez en la vida coma pavo de verdad.
Tamaña falta de egoísmo me había transportado a nuestro infinito amor... Después vinieron unas uvas ligeras y unos dulces, que allí en mi tierra llevan el nombre de "bien—casados". Pero ni siquiera ese nombre peligroso se asoció al recuerdo de mi padre, que el pavo ya había convertido en dignidad, en cosa cierta, en culto puro de contemplación.
Nos levantamos. Eran casi las dos de la mañana, todos alegres con dos botellas de cerveza encima. Todos se iban a acostar, a dormir o a dar vueltas en la cama, poco importa, porque es bueno un insomnio feliz. La cuestión es que Rosa, católica antes de ser Rosa, me había prometido que me esperaría con una champaña. Para poder salir mentí, dije que iba a la fiesta de un amigo, besé a mamá y le guiñé el ojo; era una manera de contar a dónde iba y qué iba a hacer. Besé a las otras dos mujeres sin guiñarles el ojo. Y ahora, ¡Rosa!...
Mario de Andrade

El fantasma

Se dio cuenta de que acababa de morirse cuando vio que su propio cuerpo, como si no fuera el suyo sino el de un doble, se desplomaba sobre la silla y la arrastraba en la caída. Cadáver y silla quedaron tendidos sobre la alfombra, en medio de la habitación.
¿Con que eso era la muerte?
¡Qué desengaño! Había querido averiguar cómo era el tránsito al otro mundo ¡y resultaba que no había ningún otro mundo! La misma opacidad de los muros, la misma distancia entre mueble y mueble, el mismo repicar de la lluvia sobre el techo... Y sobre todo ¡qué inmutables, qué indiferentes a su muerte los objetos que él siempre había creído amigos!: la lámpara encendida, el sombrero en la percha... Todo, todo estaba igual. Sólo la silla volteada y su propio cadáver, cara al cielo raso.
Se inclinó y se miró en su cadáver como antes solía mirarse en el espejo. ¡Qué avejentado! ¡Y esas envolturas de carne gastada! "Si yo pudiera alzarle los párpados quizá la luz azul de mis ojos ennobleciera otra vez el cuerpo", pensó.
Porque así, sin la mirada, esos mofletes y arrugas, las curvas velludas de la nariz y los dos dientes amarillos, mordiéndose el labio exangüe estaban revelándole su aborrecida condición de mamífero.
—Ahora que sé que del otro lado no hay ángeles ni abismos me vuelvo a mi humilde morada.
Y con buen humor se aproximó a su cadáver —jaula vacía— y fue a entrar para animarlo otra vez.
¡Tan fácil que hubiera sido! Pero no pudo. No pudo porque en ese mismo instante se abrió la puerta y se entrometió su mujer, alarmada por el ruido de silla y cuerpo caídos.
—¡No entres! —gritó él, pero sin voz.
Era tarde. La mujer se arrojó sobre su marido y al sentirlo exánime lloró y lloró.
—¡Cállate! ¡Lo has echado todo a perder! —gritaba él, pero sin voz.
¡Qué mala suerte! ¿Por qué no se le habría ocurrido encerrarse con llave durante la experiencia. Ahora, con testigo, ya no podía resucitar; estaba muerto, definitivamente muerto. ¡Qué mala suerte!
Acechó a su mujer, casi desvanecida sobre su cadáver; y su propio cadáver, con la nariz como una proa entre las ondas de pelo de su mujer. Sus tres niñas irrumpieron a la carrera como si se disputaran un dulce, frenaron de golpe, poco a poco se acercaron y al rato todas lloraban, unas sobre otras. También él lloraba viéndose allí en el suelo, porque comprendió que estar muerto es como estar vivo, pero solo, muy solo.
Salió de la habitación, triste.
¿Adónde iría?
Ya no tuvo esperanzas de una vida sobrenatural. No, no había ningún misterio.
Y empezó a descender, escalón por escalón, con gran pesadumbre.
Se paró en el rellano. Acababa de advertir que, muerto y todo, había seguido creyendo que se movía como si tuviera piernas y brazos. ¡Eligió como perspectiva la altura donde antes llevaba sus ojos físicos! Puro hábito. Quiso probar entonces las nuevas ventajas y se echó a volar por las curvas del aire. Lo único que no pudo hacer fue traspasar los cuerpos sólidos, tan opacos, las insobornables como siempre. Chocaba contra ellos. No es que le doliera; simplemente no podía atravesarlos. Puertas, ventanas, pasadizos, todos los canales que abre el hombre a su actividad, seguían imponiendo direcciones a sus revoloteos. Pudo colarse por el ojo de una cerradura, pero a duras penas. Él, muerto, no era una especie de virus filtrable para el que siempre hay pasos; sólo podía penetrar por las hendijas que los hombres descubren a simple vista. ¿Tendría ahora el tamaño de una pupila de ojo? Sin embargo, se sentía como cuando vivo, invisible, sí, pero no incorpóreo. No quiso volar más, y bajó a retomar sobre el suelo su estatura de hombre. Conservaba la memoria de su cuerpo ausente, de las posturas que antes había adoptado en cada caso, de las distancias precisas donde estarían su piel, su pelo, sus miembros. Evocaba así a su alrededor su propia figura; y se insertó donde antes había tenido las pupilas.
Esa noche veló al lado de su cadáver, junto a su mujer. Se acercó también a sus amigos y oyó sus conversaciones. Lo vio todo. Hasta el último instante, cuando los terrones del camposanto sonaron lúgubres sobre el cajón y lo cubrieron.
Él había sido toda su vida un hombre doméstico. De su oficina a su casa, de casa a su oficina. Y nada, fuera de su mujer y sus hijas. No tuvo, pues, tentaciones de viajar al estómago de la ballena o de recorrer el gran hormiguero. Prefirió hacer como que se sentaba en el viejo sillón y gozar de la paz de los suyos.
Pronto se resignó a no poder comunicarles ningún signo de su presencia. Le bastaba con que su mujer alzara los ojos y mirase su retrato en lo alto de la pared.
A veces se lamentó de no encontrarse en sus paseos con otro muerto siquiera para cambiar impresiones. Pero no se aburría. Acompañaba a su mujer a todas partes e iba al cine con las niñas. En el invierno su mujer cayó enferma, y él deseó que se muriera. Tenía la esperanza de que, al morir, el alma de ella vendría a hacerle compañía. Y se murió su mujer, pero su alma fue tan invisible para él como para las huérfanas.
Quedó otra vez solo, más solo aún, puesto que ya no pudo ver a su mujer. Se consoló con el presentimiento de que el alma de ella estaba a su lado, contemplando también a las hijas comunes. ¿Se daría cuenta su mujer de que él estaba allí? Sí... ¡claro!... qué duda había. ¡Era tan natural!
Hasta que un día tuvo, por primera vez desde que estaba muerto, esa sensación de más allá, de misterio, que tantas veces lo había sobrecogido cuando vivo; ¿y si toda la casa estuviera poblada de sombras de lejanos parientes, de amigos olvidados, de fisgones, que divertían su eternidad espiando las huérfanas?
Se estremeció de disgusto, como si hubiera metido la mano en una cueva de gusanos. ¡Almas, almas, centenares de almas extrañas deslizándose unas encimas de otras, ciegas entre sí pero con sus maliciosos ojos abiertos al aire que respiraban sus hijas!
Nunca pudo recobrarse de esa sospecha, aunque con el tiempo consiguió despreocuparse: ¡qué iba a hacer! Su cuñada había recogido a las huérfanas. Allí se sintió otra vez en su hogar. Y pasaron los años. Y vio morir, solteras, una tras otra, a sus tres hijas. Se apagó así, para siempre, ese fuego de la carne que en otras familias más abundantes va extendiéndose como un incendio en el campo.
Pero él sabía que en lo invisible de la muerte su familia seguía triunfando, que todos, por el gusto de adivinarse juntos, habitaban la misma casa, prendidos a su cuñada como náufragos al último leño.
También murió su cuñada.
Se acercó al ataúd donde la velaban, miró su rostro, que todavía se ofrecía como un espejo al misterio, y sollozó, solo, solo ¡qué solo! Ya no había nadie en el mundo de los vivos que los atrajera a todos con la fuerza del cariño. Ya no había posibilidades de citarse en un punto del universo. Ya no había esperanzas. Allí, entre los cirios en llama, debían de estar las almas de su mujer y de sus hijas. Les dijo "¡Adiós!" sabiendo que no podían oírlo, salió al patio y voló noche arriba.
Enrique Anderson Imbert