Nuestra
primera Navidad en familia, después de la muerte de papá ocurrida cinco meses
antes, fue de consecuencias decisivas para la felicidad familiar. Nosotros
siempre fuimos una familia feliz, en ese sentido bien amplio de felicidad:
gente honesta, sin crímenes, hogar sin peleas internas ni graves dificultades
económicas. Pero, debido en parte a la naturaleza gris de mi padre, ser
desprovisto de todo tipo de lirismo, instalado en la mediocridad, siempre nos
había faltado ese disfrute de la vida, ese gusto por las felicidades
materiales: un buen vino, un balneario, el refrigerador, cosas así. Mi padre
había sido un gran equivocado, casi dramático, el pura—sangre de los esfuma—placeres.
Mi
padre murió, lo sentimos mucho, etc. Cuando ya nos acercábamos a la Navidad, yo
no sabía qué hacer para poner distancia con esa memoria del muerto que
obstruía, que parecía haber sistematizado para siempre la obligación de un
recuerdo doloroso en cada comida, en cada mínimo gesto de la familia. Una vez
sugerí a mamá que fuera al cine a ver una película. ¡Se puso a llorar! ¡Dónde
se vio ir al cine estando de luto riguroso! El dolor ya se cultivaba por las
apariencias, y yo, que siempre había querido bien a papá, más por instinto
filial que por espontaneidad del amor, me veía a punto de detestar al bueno del
muerto.
Fue
sin lugar a dudas por eso que me nació, en este caso sí, espontáneamente, la
idea de hacer una de mis llamadas "locuras". Esa había sido, en
realidad, y desde muy niño, mi excelente conquista contra el clima familiar.
Desde muy temprano, desde los tiempos de la secundaria, en que me las arreglaba
para sacar regularmente un reprobado todos los años, desde el beso a escondidas
a una prima, cuando tenía diez años, descubierto por la tía Velha, una tía
detestable; y principalmente desde las lecciones que di o recibí, no sé, de una
criada, conseguí, en el reformatorio del hogar y con la vasta parentela, la
fama conciliadora de "loco". "¡Está loco, el pobre!"
decían. Mis padres hablaban con cierta tristeza condescendiente, el resto de la
parentela me buscaba como ejemplo para sus hijos y probablemente con aquel
placer de los que se convencen de alguna superioridad. No tenían locos entre
sus hijos. Pues esa fama es la que me salvó. Hice todo lo que la vida me
presentó y que mi ser exigía que se realizara con integridad. Y me dejaron
hacer de todo, porque era loco, pobrecito. El resultado de todo esto fue una
existencia sin complejos, de la cual no tengo nada de qué quejarme.
Siempre
teníamos la costumbre, en la familia, de realizar la cena de Navidad. Cena
insignificante, ya puede usted imaginarse; cena tipo mi padre: castañas, higos,
pasas después de la Misa de Gallo. Empachados de almendras y nueces (si
habremos discutimos los tres hermanos por el cascanueces...), empachados de
castañas, nos abrazábamos e íbamos a la cama. Fue al recordar esto que arremetí
con una de mis "locuras".
—Bueno,
para Navidad, quiero comer pavo.
Hubo
una de esas sorpresas que nadie se imagina. Luego, mi tía solterona y santa,
que vivía con nosotros, advirtió que no podíamos invitar a nadie debido al
luto.
—¿Pero
quién habló de invitar a alguien? Esa manía... ¿Cuándo comimos pavo en nuestra
vida? Pavo aquí en casa es plato de fiesta, viene toda esa parentela del
demonio...
—Hijo
mío, no hables así...
—Pues
hablo y ya.
Y
descargué mi helada indiferencia sobre nuestra parentela infinita, dizque
descendiente de bandeirantes, que poco me importa. Era el momento para
desarrollar mi teoría de loco, pobrecito, y no perdí la ocasión. De sopetón me
dio una ternura inmensa por mamá y tiita, mis dos madres, tres con mi hermana,
las tres madres que divinizaron mi vida. Siempre era lo mismo: venía el cumpleaños
de alguien y sólo así se hacía pavo en la casa. Pavo era plato de fiesta: una
inmundicie de parientes ya preparados por la tradición, invadían la casa por el
pavo, las empanaditas y los dulces. Mis tres madres, tres días antes, lo único
que sabían de la vida era trabajar preparando carnes frías y dulces finísimos,
pues estaban muy bien hechos. La parentela devoraba todo y todavía se llevaba
paquetitos para los que no habían podido venir. Mis tres madres quedaban
exhaustas. Del pavo, sólo en el entierro de los huesos, al día siguiente, mamá
y tiita probaban un pedacito de pierna, oscuro, perdido en el arroz blanco. Y
eso que era mamá quien servía, elegía para el viejo y para los hijos. En
realidad, nadie sabía concretamente qué era un pavo en nuestra casa, pavo
restos de fiesta.
No,
no se invitaba a nadie, era un pavo para nosotros cinco, cinco personas. Y
tenía que ser con dos farofas, la gorda con los menudos y la seca, doradita,
con bastante mantequilla. Quería el buche rellenado sólo con farofa gorda, a la
que teníamos que agregar fruta negra, nueces y una copa de Jerez, como había
aprendido en casa de la Rosa, mi querida compañera. Está claro que omití decir
dónde había aprendido la receta y todos desconfiaron. Y todos se quedaron en
ese aire de incienso soplado...¿no sería tentación del Diablo aprovechar una
receta tan sabrosa? Y cerveza bien helada, garantizaba yo casi a los gritos. Lo
cierto es que con mis "gustos" ya bastante refinados fuera del hogar,
primero pensé en un buen vino bien francés. Pero la ternura por mamá venció al
loco, a mamá le encantaba la cerveza.
Cuando
acabé mis proyectos, me di cuenta, todos estaban felicísimos, con un inmenso
deseo de hacer aquella locura con la que había irrumpido. Sabían muy bien que
era locura, sí, pero todos se imaginaban que yo era el único que deseaba mucho
aquello y era fácil echar encima mío la culpa de sus deseos enormes. Se
sonreían, mirándose unos a otros, tímidos como palomas desgarradas, hasta que
mi hermana asumió el consentimiento general:
—¡Aunque
esté loco!...
Se compró el pavo, se hizo
el pavo, etc. Y después de una Misa de Gallo muy mal rezada, tuvimos nuestra
Navidad más maravillosa. ¡Qué chistoso! Cuando me acordaba que finalmente iba a
lograr que mamá comiera pavo, en esos días no hacía otra cosa que pensar en
ella, sentir ternura por ella, amar a mi viejita adorada. Y mis hermanos
también, estaban en el mismo ritmo violento de amor, todos dominados por la
nueva felicidad que el pavo iba imprimiendo en la familia. De modo que, aún
disfrazando las cosas, dejé con tranquilidad que mamá cortara toda la pechuga
del pavo. En un momento mamá se detuvo, luego de haber cortado en rebanadas uno
de los lados del ave, sin resistirse a aquellas leyes de economía que siempre
la habían sumido en una casi pobreza sin razón.
—No
señora, siga cortando... y pedazos grandes ¡Yo solo me como eso!
Era
mentira, el amor familiar, estaba incandescente en mí de tal forma, que hasta
era capaz de comer poco, sólo para que los otros cuatro comieran mucho. Y el
diapasón de los otros era el mismo. Aquel pavo comido entre nosotros solos
redescubría en cada uno lo que la cotidianeidad había borrado por completo:
amor, pasión de madre, pasión de hijos. Dios me perdone pero estoy pensando en
Jesús. En esa casa de burgueses muy modestos, se estaba realizando un milagro
digno de la Navidad de un Dios. La pechuga del pavo quedó enteramente reducida
a rebanadas grandes.
—¡Yo
sirvo!
—¡Qué
loco! ¡Pero por qué tenía que servir si siempre mamá había servido en esa casa!
Entre risas, los grandes platos llenos fueron pasando hasta mí y empecé una
distribución heroica, mientras mandaba a mi hermano a que sirviera la cerveza.
Advertí un pedazo admirable de pavo lleno de carnecita y lo puse en el plato. Y
luego varias rebanadas blancas. La voz severa de mamá cortó el espacio
angustiado en el cual todos aspiraban a su parte del pavo:
—¡Acuérdate
de tus hermanos, Juca!
¿Cuándo
iba a imaginarse ella?, ¡la pobre!, que ese era el plato suyo, de la Madre, de
mi amiga maltratada que sabía de la existencia de Rosa, que sabía de mis
crímenes, a quien sólo le contaba lo que hacía sufrir!... El plato quedó
sublime.
—Mamá,
este es su plato. ¡No!... ¡No lo pase!
Fue
entonces cuando ella no pudo más con tanta conmoción y se puso a llorar. Mi tía
también, después de ver que el siguiente plato sublime era el suyo, entró en el
asunto de las lágrimas. Y mi hermana también, que jamás había visto lágrimas
sin abrir una llave, se desparramó en llanto. Entonces empecé a decir muchas
tonterías para no llorar también, tenía diecinueve años... Diablo de familia
tonta que veía un pavo y lloraba... Esas cosas... Todos se esforzaban por
sonreír, pero ahora la alegría se tornaba imposible. El llanto había evocado,
por asociación, la imagen indeseable de mi padre muerto. Mi padre, con su
figura gris, vino a estropear para siempre nuestra Navidad. ¡Me dio coraje!
Bueno,
empezamos a comer en silencio, consternados, y el pavo estaba perfecto. La
carne tierna, de un tejido muy tenue, se mezclaba entre los sabores de las
farofas y del jamón, de vez en cuando herida, molestada y vuelta a desear ante
la intervención más violenta de la pasa negra y el estorbo petulante de los
pedacitos de nuez. Pero papá estaba sentado allí, gigantesco, incompleto, una
censura, una llaga, una incapacidad. Y el pavo estaba tan rico, y mamá que por
fin sabía que el pavo era un manjar digno de Jesusito nacido.
Empezó una lucha baja entre
el pavo y el bulto de papá. Supuse que alentar al pavo era fortalecerlo en la
lucha y, está claro, había tomado decididamente el partido del pavo. Pero los
difuntos tienen medios escurridizos, muy hipócritas, como para vencerlos. En
cuanto alabé al pavo, la imagen de papá creció victoriosa, insoportablemente
obstruyente.
—Sólo
falta su papá.
Yo
ni comía, ya no podía probar más ese pavo perfecto, tanto me interesaba esa
lucha entre los dos muertos. Llegué a odiar a papá. Y ni sé qué inspiración
genial de repente me volvió hipócrita y político. En aquel instante que hoy me
parece decisivo en nuestra familia, tomé aparentemente el partido de mi padre.
Fingí, triste.
—Y
sí. Papá nos quería mucho y murió de tanto trabajar para nosotros, papá allí en
el cielo debe estar contento —dudé, pero resolví no mencionar más al pavo—,
contento de vernos a todos reunidos en familia.
Y
todos, mucho más tranquilos, empezaron a hablar de papá. Su imagen fue
disminuyendo y se transformó en una estrellita brillante en el cielo. Ahora
todos comían el pavo con sensualidad, porque papá había sido muy bueno, siempre
se había sacrificado tanto por nosotros, había sido un santo que "ustedes,
mis hijos, nunca podrán pagar lo que deben a su padre", un santo. Papá se
transformó en santo, una contemplación agradable, una estrellita en el cielo,
imposible de deshacer. No perjudicaba más a nadie, puro objeto de contemplación
suave. El único muerto aquí era el pavo, dominador, completamente victorioso.
Mamá,
tía, nosotros, todos inundados de felicidad. Iba a escribir "felicidad
gustativa", pero no era sólo eso. Era un felicidad mayúscula, un amor de
todos, un olvido de otros parientes que distraen del gran amor familiar. Y fue,
sé que ese primer pavo comido en el seno de la familia fue el comienzo de un
amor nuevo, reacomodado, más completo, más rico e inventivo, más complaciente y
cuidadoso. Nació entonces una felicidad familiar para nosotros que, no soy
exclusivista, algunos tendrán igual de grande, sin embargo más intensa que la
nuestra, me es imposible concebir.
Mamá
comió tanto pavo que en un momento imaginé que podría hacerle mal. Pero
enseguida pensé: ¡Ah!, ¡no importa! aunque se muera, pero por lo menos que una
vez en la vida coma pavo de verdad.
Tamaña falta de egoísmo me
había transportado a nuestro infinito amor... Después vinieron unas uvas
ligeras y unos dulces, que allí en mi tierra llevan el nombre de "bien—casados".
Pero ni siquiera ese nombre peligroso se asoció al recuerdo de mi padre, que el
pavo ya había convertido en dignidad, en cosa cierta, en culto puro de
contemplación.
Nos
levantamos. Eran casi las dos de la mañana, todos alegres con dos botellas de
cerveza encima. Todos se iban a acostar, a dormir o a dar vueltas en la cama,
poco importa, porque es bueno un insomnio feliz. La cuestión es que Rosa,
católica antes de ser Rosa, me había prometido que me esperaría con una
champaña. Para poder salir mentí, dije que iba a la fiesta de un amigo, besé a
mamá y le guiñé el ojo; era una manera de contar a dónde iba y qué iba a hacer.
Besé a las otras dos mujeres sin guiñarles el ojo. Y ahora, ¡Rosa!...
Mario de Andrade
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